Convivir con mascotas

Lola y Lulú: mis perras están pie de guerra

Convivir con mascotas en casa puede resultar una tarea casi tan compleja como la de educar niños. Con Lola y Lulú, es una invitación a la locura. Están en pie de guerra y temo que vienen ganando.

María Inés Di Cicco-Periodista/Redactora

Convivir con mascotas

Sí señoras, sí señores, lo digo y lo confirmo: Lola y Lulú, mis perras, están en pie de guerra. Madre, de 16 años, la una; hija, de 12, la otra, son la clase de mascota que nacieron para hacerte la vida amorosamente compleja.

Convivimos de manera permanente desde hace diez años y es tema de otro capítulo el cómo llegaron y se quedaron en nuestras vidas. Aquí y ahora, entre furiosa y resignada a la derrota, sostengo que son un par de criaturas irreverentes, en guerra declarada y con estrategias infalibles para vencer.

Antecesores ¡afuera!

“¡Los perros al patio!” Mis abuelos cumplían la sentencia a rajatablas. Allá, por los 70s y 80s del siglo pasado andaba Blanco, el perro de la casa natal de mi madre, corriendo y enterrando huesos en un patio gigante de tierra y plantas; durmiendo al sol y bajo las estrellas; saliendo a la vereda al trote para reunirse con vecinos y callejeros, en una jauría de ladridos interminables.

Como la mayoría de su tiempo, Blanco conocía a pie juntillas quién era quién, y recibía con su cola de látigo a la familia y los amigos, hasta que todos desaparecían por el umbral de la vivienda. Entonces daba media vuelta y volvía a sus actividades usuales.

Por el mismo tiempo, en casa, vivía Bobi. Bobi, sí, así: con “i” latina. El boxer rubio, de cachetes babeantes, pasó de vivir en la calle a tener techo y comida diaria.

Bruto, fiel a su estirpe, generaba un terror psicótico en mis hermanas. Así que el destino de Bobi fue una cucha de madera de colores junto al olivo del fondo del patio, justo antes del galpón que mis padres usaban de despensa.

Todo un estudio logístico implicaba para mis hermanas ir a buscar alguna conserva. “Vos entretené a Bobi y yo paso corriendo”, me decían y yo asentía a la orden de avanzar como carne de cañón.

No es cuento chino

Ya cercano a su ancianidad, a Bobi se lo trajo más cerca de la casa, a dormir debajo de la pileta del lavadero, y se le permitió salir a la vereda.

Poco le duró el recreo, entre su entusiasmo de hacer nuevas amistades, sus escasas habilidades sociales y su mala costumbre de terminar con algún cuzco entre sus fauces.

De los dueños armados como para matar al “ogro de la cuadra” lo solíamos rescatar mi padre o yo, que a mis nueve de edad hacía ceder la quijada de la bestia para regresarla al exilio, un derecho que me había ganado no sé muy bien si por mascotera de alma, o por ser perro de metal en el Horóscopo chino.

Las damas, después del vagabundo

A la vuelta de tres o cuatro años me permitieron adoptar a Camila, la primera criatura que en menos de una noche ganó espacios del lavadero a la cocina, la habitación y mi cama. Un llanto agudo y persistente fue la munición pesada que utilizó durante toda su vida para hacerse reina y señora de todo el terreno.

Un par de generaciones más de pichichas de sus camas de perro a nuestros sillones y al co-lecho con total desparpajo y a expensas de varios llamados de atencion.

A Camila la sucedieron Florencia y Nina, como Lola y Lulú, madre prolífica e hija machorra, competían entre sí por ganarse los mimos y favores de los amos, pero muy maquiavélicamente unían fuerzas si el objetivo lo ameritara.

De los pelos por los pelos

Lola, vencedora a fuerza de su mirada.

 

Nómades entre hogares familiares y casas rentadas, los hábitos de convivencia y pernocte de Lola y Lulú se acomodaron según las dependencias de la propiedad que las alojara y su temperatura ambiente en cada estación, una prerrogativa de ellas que a mí me aseguran el uso de escobillón cotidiano.

“Si te gusta el durazno, aguantáte la pelusa”. Así dicen por acá los viejos. En términos de mascotas, bancáte las matas de pelos sueltos por toda la casa y pegados a la ropa como parte del combo.

Yo no me acostumbro. Menos, cuando encuentro a Lola restregándose contra todo lo que, a su parecer, se siente como franela en el lomo. Para colmos y males ¡ella no se entera se entera de mis retos!

Lola me mira con ojos saltones y desentendidos de mis ademanes al aire, y en ocasiones me pregunto es ajena a los hechos, o lo suyo responde a la simple táctica.

El conflicto de los sillones

Tres colchones de futón, otras tantas mantas, acolchados viejos y varios almohadones cuentan en el haber de roturas de Lola y Lulú.

“¡Malcriadas, irreverentes, mal-aprendidas! -me habrán escuchado gritar desde lejos- ¡No respetan nuevo o viejo cuando se trata de cosas mullidas para destripar!”

Excepto por algunos rastros, no logramos descubrir si se turnan en incursiones individuales o su acción es deliberadamente conjunta. Coincidimos, sí, en que se trata de alguna clase de represalia por la sensación de abandono que experimentan en nuestra ausencia. Si es breve o extensa, no importa. La cuestión es desquitar el enojo, masticando -imaginamos-, para recibir nuestro regreso con temple de “aquí no ha pasado nada”.

Un hombre, la guerra fría

Mientras en casa convivimos sólo mujeres -Morena, Lola, Lulú y yo- hubo desmanes, pero una suerte de código femenino mantuvo en cierto límite el tamaño de la destrucción.

A partir de la presencia de Hernán en la convivencia, algo se desató. Con mi casa armada, el hombre se mudó con su ropa, un wok mágico, la Play 3, cajas de libros y un butacón amado donde sentarse a leerlos.

¿Testosterona en el ambiente? ¿pasos más firmes? ¿la gravedad en la voz? Rebeldía y amorosidad crecieron de manera proporcional.

Al cabo de estos años ganaron confianza y ellas aprendieron que, con él, ni se juega ni se intenta. Pero en la última semana algo cambió.

Tras un episodio siniestro en el que un apoyabrazos de un viejo sofá apareció pelado a mordiscones, la cabecera del butacón marrón fue, virtualmente, destripado.

Apenas me había ausentado para una clase de Pilates cuando me encontré con el desmán y, después de evaluar una posible variación de dieta, concluí que otro cambio repentino de humor había descarriado nuevamente a mis perras.

“Sé que las vas a querer matar”, fue la leyenda de la foto que le whatsapeé al dueño del mueble. Él volvió por la noche, con una guerra de frialdad declarada contra las perras.

La última cruzada

Lulú, con un caracol sobre su nariz, pura ternura y calma.

Durante varios días no hubo palabra, caricia, mirada, gesto alguno de Hernán hacia Lola y/o Lulú. Ni las colas danzantes, las miradas tiernas, las persecusiones por la casa o ladridos de bienvenida doblegaron al hombre ofendido.

Siquiera el arma mortal de Lulú: sentada sobre su cola, con las patas delanteras al aire y su cabeza hacia un costado lograron conmoverlo. Los intentos de la pichicha por llamar su atención sacudieron mi alma de madre:

“Son como chicos de dos años jugando…”, le expliqué a un Hernán instalado en un trono sin cabezal, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la imagen del televisor.

Una mano poco convencida amagó la primera caricia para empezar a sellar la paz con las mascotas de la casa.

Lola y Lulú salieron airosas de otra batalla, y andan confiadas hasta la próxima, como si hubiesen conquistado en la última cruzada.

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