Notas de mujer y madre argenta

¡Oye mujer! ¡Vamos de nuevo!

En primera persona, la experiencia de volver a empezar cuando surge una nueva oportunidad.

María Inés Di Cicco – Periodista/Redactora

Cosas de mujer… O, quizás, cosas de madre. A las féminas nos suelen visitar las ideas obsesivas, esas que te calan en la cabeza como pájaros carpinteros. Si además somos madres, se nos agregan todas las que tienen que ver con el devenir cotidiano de los hijos.

Esta mañana me asaltó esta canción: “Incy Wincy araña subió a la telaraña/ Vino la lluvia y se la llevó./ Salió el sol y se secó la lluvia. /Incy Wincy araña otra vez subió.”

Simpáticas melodía y letra me torturaron toda la mañana. Tenaces, se me implantaron en el cerebelo y no hubo información de noticiero televisivo que la borrara. Tampoco el resumen de actividades del día de mi marido a punto de salir para el trabajo-, ni requerimiento alguno de Morena -mi hija de 14 años- o ladrido de Lola y de Lulú -mascotas, madre e hija ellas- que lograran despejarla de mi cabeza.

Para quienes no la recuerden, versos más o menos variables, se la cantan a los más peques en preescolar para mantenerlos entretenidos, motivados o en orden.

También, como alguna vez me sucedió, padres de diversos continentes y distintos idiomas la heredaron. Y así repetirán, incansables, la historia de la pequeña araña que no ceja en su afán de levantarse con cada nueva caída. Por tales usos y mucho de costumbre, seguirá formando parte del compilado infantil por excelencia junto con El payaso Plim Plim, El elefante Trompita, La cucharacha o el más contemporáneo Sapo Pepe, entre tantos del género.

Feliz y en familia, junto a Morena y Hernán.

En lo personal, la recuerdo en su versión en idioma inglés -esa es otra que se me pega- y en uno de los casos en que el artrópodo cambia su identidad a Itsy Bitsy para que la cante Carly Simon como leit motiv de la película El difícil arte de amar.

Podría tirar más datos pero temo aburrirte, lector/a. Son reminiscencias; vicio laboral, después de 20 años de ejercicio periodístico, la mayor parte dedicados al arte y el espectáculo, cosa que ya pasó.

Pasa que vengo alejada del oficio que se me había vuelto carne y uña. Cuando quedaron atrás las entrevistas a figuras famosas, las ediciones de páginas, las corridas contratiempo y las sesiones de cine para cumplir con las críticas, me dediqué a la confección de bijou, el tejido, la jardinería y la carpintería, entre otras cosas siempre había deseado hacer.

“Inés, tenés que volver a escribir…”, me resonaron varias voces durante el último año. Pero confieso que había quedado un poco asustada. Arrebujada como Incy Wincy después del chubasco, sólo atinaba acomodar mi carcasa, mover rápido las patitas y salir a buscar refugio en cualquier lado.

Inés (quien suscribe) desde el sur de la Argentina.

Entonces llegó Viviana, una amiga argentina que chatea con acento “gallego” al cabo de más de dos décadas viviendo en España: “¿Quieres escribir en mi blog..? ¡Oye mujer! ¡Anímate que te quiero conmigo!” Y luego, esta letanía martirizante de Incy Wincy subiendo y cayendo, una tras otra vez, sin deponer.

“En esta alineación de elementos, algún mensaje encubierto tiene que haber…” -pensé y…- ¡Eureka! -definí-: “¿Por qué no escribir otra vez?” Al fin de cuentas, una invitación acompañada de aliento suena tan amable como la resolana después de la lluvia.

Y aquí estoy, mujer, madre, profesional argentina, tecleando desde un punto alejado en el sur del mundo,  sintiendo mis dedos como las patitas movedizas de mi amiga arácnida, armando y reordenando ideas, anécdotas, una y mil historias perdidas para compartir.

Empática con Incy Wincy, aprendo una vez más en mis 47 marzo cumplidos que eso de que la tormenta nos barra cuesta abajo es cosa diaria y nos atañe a todos. Si nuestra pequeña invitada subió, subió y subió a la telaraña, bien vale tomar el ejemplo y seguirla.

¡Vamos de nuevo!

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